Esta fue una gran lección para mí (como madre)

 

Una de las múltiples ventajas de practicar las liberaciones emocionales es que, a menudo, veo el origen de aquello que me causa malestar. Es probable que no te sorprenda que la mayoría de esas emociones dolorosas tengan su raíz en la infancia.

Como madre esto es de gran valor pues me ayuda a mejorar, a comprender aún más el mundo de los niños y el cómo se ve la realidad en esa tierna etapa.

Hoy te voy a contar una experiencia que tuve en una de esas liberaciones profundas y que me hizo reflexionar.

En cierta ocasión, fue una sorpresa para mí encontrar que cuando yo era pequeña y mi madre me defendía de algún ataque verbal de otras personas, lejos de lograr hacerme sentir segura y bien, yo me quedaba lastimada (aunque no se notara).

Pero… ¡¿No me estaba protegiendo?! ¡¿Qué hacía yo sintiéndome mal de todas formas?!

Además, pude descubrir que aquél dolor estaba condicionando una parte de mi vida actual, ya que lo llevaba arrastrando -sin saberlo-, dentro de mí.

¿Qué puedo aprender de esto como madre?

  • Algo de vital importancia. Por mucho que quiera proteger a mis hijos, no siempre lo lograré, entre otras cosas porque no siempre voy a estar a su lado y, aunque físicamente estuviera ahí, queda fuera de mi alcance la forma en que ellos interpreten la situación.
  • Esta experiencia me hizo reflexionar y mirar el instinto protector con otro enfoque: ¿cómo puedo saber si mi reacción les hace sentir más seguros, mejor? ¿Podría ser que mi reacción haga que le den más importancia a algo que podrían no haberle prestado mayor interés? O quizás, en el polo opuesto, si lo dejo pasar si no le doy importancia al asunto, se sientan desamparados… ¿Entiendes por dónde voy?

Hay muchas formas de percibir una misma situación, por tanto, equivocarnos como educadores no es algo difícil, porque como ves, la reacción de cada uno es subjetiva, personal. Puedes tener dos hijos en una misma experiencia y cada uno tomárselo de forma completamente distinta.

  • Esto me muestra, una vez más, que la verdadera forma de ayudar a nuestros hijos es enseñarlos a no apegarse al problema, a liberar las emociones que puedan surgir, a ser responsables con su mundo interior (independientemente de cuál sea nuestra reacción como madre, padre o educador).

Hay que recordar que el dolor no depende de lo que te digan, ni de cómo te lo digan. El dolor, el sufrimiento, dependen de lo que sientes al respecto, de cómo reaccionas internamente ante eso y de si te apegas a ese sentir o no.

Cuando te apegas ocurre por ejemplo que algo que pasó en diez minutos, lo arrastras durante años o, incluso, toda la vida. Y ese es el sufrimiento.

La liberación emocional consiste precisamente en soltar las emociones, apegos, recuerdos o experiencias dolorosas como cuando dejas caer un objeto, por ejemplo. Igual de fácil y esto hace que recuperemos el equilibrio, la paz, el bienestar.

Lo bueno es que, además de ser un proceso sencillo, podemos enseñárselo a nuestros hijos para que, de adultos, su bagaje emocional sea más liviano (lo que les ayudará a ser, en general, más felices).

¿Qué te ha parecido? ¿Te has preguntado alguna vez cómo reaccionar ante una situación difícil para tus hijos?

 


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